domingo, 26 de febrero de 2012

Cartas nocturnas

Damián:


Explícame porqué perdiste el interés en seguir a los pájaros durante el día. No me sorprendería que perdieras el interés en escribir todas las noches la misma palabra al final de la puerta que daba a la cocina, ni que olvidaras probar la comida antes de decidir comerla, ni que dejaras de tirar las cortinas por el balcón, pero hay cosas que en verdad no me esperaba, como tu decisión de ayer de ir a comer al café de la calle Durazno. No te entiendo, desde que olvidé mi nombre no te entiendo. ¿Cómo esperas que recuerde lo que ya he olvidado si cambias las rutinas? Como tú, yo también estoy perdiendo emociones, entre otras cosas. Perdimos las ideas en la cama, y los labios en un beso. Pero me quedan algunas cosas en la mente, como tu sonrisa al escucharme decir que los árboles no escuchan, tu mirada que me permite mirarla. Aún tengo el recuerdo de esa mente perdida, está guardado debajo del sillón; lo conservo ahí porque así me es fácil encontrarlo.


Cambiando de tema, ayer te escuché reír frente al televisor, creí que ya no lo mirabas, creí que te dedicabas a escribir mis memorias, pero al parecer se borrarán junto con mis ideales, y lo que es peor, junto a mi vida. Quiero que entiendas que no me fui para que fueras feliz, me fui porque no sé a dónde ir, y a veces no saber el destino ayuda a encontrarlo de una manera más sencilla, más simple. Tus actividades diarias me sofocan, me impiden ver el techo, y si supieras cuán bello es en las noches, cuando intento encontrar figuras perdidas por otras personas.


Un cuerpo sin labios ni ideas, se considera vacío; si está vacío, no sirve; si no sirve, para mí no existe. Gracias por desaparecer. No olvidaré tu abandono, pero por favor, tráeme el recuerdo que está debajo del sillón.


Marina

sábado, 21 de enero de 2012

Por segunda vez

Mientras Marina intentaba recordar qué zapato iba en qué pié, Damián leía el periódico de ayer.
Tres días después vio cómo Marina hacía el segundo nudo y se marchaba.

Un posible final.

Abrió sus ojos.
Lo primero que vio fue el techo.
Fue guiando lentamente su mirada hacia la izquierda.
Al llegar los rayos de luz a sus ojos, los cegaron.
-Olvidó cerrar las cortinas por la noche, otra vez-
Cayó su cabeza y encontró el extremo de la almohada.
Siguió la línea hasta llegar a su nariz.
Sonrió.

lunes, 10 de octubre de 2011

La Iluminación

Era de noche, y así como volvió a ser de noche al día siguiente, volvió a estallar.

Sus pensamientos iban y venían, paseaban en la obscuridad. Después del estallido hubo un largo silencio ensordecedor. Damián bajó las escaleras seguido de Marina, abrió la puerta y no vio nada, cuando volteó la mirada estaba ella llorando, gritando, llorando y gritando, sonriendo.

Fue directo a la cocina y buscó en el cajón donde suponía estaban las pastillas. ¿Cómo pude olvidar las pastillas, cómo? Espérame un poco, en seguida las encuentro, decía mientras daba vueltas por toda la casa. Al sentir tanta desesperación no notó que las paredes color crema de su habitación habían cambiado a un rojo vino.

Justo cuando encontró el frasco de pastillas escuchó la voz de Marina preguntando ¿quién eres?, corrió hacia ella e intentó obligarla a ingerirlas, pero ella corrió y salió de la casa. Damián no sabía qué hacer, jamás había olvidado darle las pastillas a Marina.

Cuando se dio cuenta de lo solo que estaba comenzó  a llorar e ingirió las pastillas. Después de varios minutos se calmó y se preguntó por qué lloraba si siempre ha estado solo. Volvió a estallar.

domingo, 10 de julio de 2011

Mi espera fue infinita.

La pérdida de Marina fue muy difícil de superar, la verdad no supe que hacer al principio.

Me sentía solo, ¡mejor dicho abandonado! Uno se puede acostumbrar a la soledad después de vivir en ésta durante mucho tiempo o desde siempre, pero cuando te abandonan, es peor, incomparable. Cuando ya conoces la felicidad, la compañía diaria o usual de alguna persona, cuando sabes que después de una larga o corta espera va a llegar alguien que te va a hacer sentir nervios alegres -porque, déjenme aclarar, son diferentes a los nervios que se sienten al darte cuenta que tu espera será infinita, éstos son tristes, muy tristes y, en algunos casos, les prosigue un cólera irremediable-, te das cuenta de lo vacío que estás.

Y así me sentía yo, vacío.

Saber que ella seguía en ese laberinto ficticio, cada día más lejos de la salida, me deprimía.Quería ayudarla, pero ella no recordaba mi cara, ni mi cuerpo, mucho menos mi nombre.
Muchas veces intenté hablarle pero sus hijos me pidieron no hacerlo, que para ella yo era un extraño, un desconocido, una persona más en el mundo, sólo que con un gran interés en ella, eso me hacía un poco diferente. Tiempo después me dijeron que me llamaba El robusto hombre con tirantes, sí, así era como me describía. Y ella que jamás se había quejado de mis carnes, me era imposible creerlo.

Tampoco me podía explicar como si recordaba el nombre de algunos de sus vecinos, viejos amigos, e hijos. A mí me conocía de muchos años atrás, de cuando eramos unos niños. ¿Cómo pudo olvidarse de mí? De Damián, ese error que le encantaba cometer.